Ologá: Centinela del Relámpago y de Resistencia
En las riberas del Sur del Lago de Maracaibo, en el Parque Nacional Ciénagas Juan Manuel ,
ubicado en el municipio Catatumbo del estado Zulia, específicamente en la desembocadura
del río Bravo donde el agua y el cielo parecen fundirse en un abrazo eterno, el Relámpago del
Catatumbo rompe la noche con el mayor espectáculo eléctrico del planeta.
La vida de los habitantes y en especial, la de los niños en los pueblos del agua: Ologá,
transcurren en un peculiar contraste. Ellos son los herederos del fenómeno natural más
contemplativo e impresionante del mundo, a su vez, descendientes silenciosos del abandono,
la precariedad y también, hogar de comunidades pesqueras que han continuado el estilo de
vida palafítico de los indígenas Añú, navegando y pescando antes que aprender a leer y a
escribir. Es una de las comunidades más remotas sur-occidental del Lago de maracaibo,
accesible por vía fluvial.
Las casas pintadas de colores vibrantes, se conectan mediante pasarelas de madera o se
visitan simplemente navegando. Es una postal viva de la adaptación humana a la naturaleza
salvaje; pulmón hídrico y refugio cultural. Esta topografía pantanosa, rodeada por la
imponente Sierra de Perijá y la Cordillera de los Andes, crean – según los expertos- un
“embudo” o “herradura” natural que atrapa los vientos alisios cargados de humedad.
La conformación geográfica es lo que permite que Ologá se convierta en el epicentro de
descargas eléctricas nocturnas, convirtiéndose en un MIRADOR natural privilegiado y VIP
con la mayor fábrica de ozono del planeta, No es solo un destino, es una experiencia sensorial;
imaginen un lugar donde las casas no tocan el suelo, donde el cielo habla con el agua. Ologá
es un pequeño santuario de madera y colores, en un ecosistema que exige respeto.
Desde el punto de vista ecológico Ologá presenta una megadiversidad tropical fascinante,
aunque vulnerable, destacan especies arbóreas como la ceiba y el mijao. Sus aguas albergan
fauna marina como la curvina, el pavón, el cangrejo azul y toninas que se pueden observar en
la autopista de agua; mientras que los manglares que rodean a Ologá sirven de refugio para
los monos araguatos( aulladores) y el mono capuchino. Según estadísticas hay cerca de 20 mil
aves de diferentes especies en el Parque Nacional, como las garzas, gaviotas y rapaces, las
aves utilizan estas ciénagas como puntos de descanso y alimentación.No obstante, el
ecosistema enfrenta amenazas por la sedimentación, la contaminación que han alterado los
ciclos naturales de pesca, principal sustento de la localidad.
Recientemente, mi modo turista me llevó en expedición con un grupo de ocho personas a
observar el fenómeno del Relámpago del Catatumbo, esa maravilla natural que ilumina las
noches del Sur del Lago de Maracaibo, con un valor noticioso por su récord mundial y
curiosidad científica al tener la mayor densidad de descargas eléctricas por kilómetro
cuadrado al año en todo el mundo y representar una de las formas de vida más antiguas de
Venezuela.
Todo esto pasó a un segundo plano en mi visita a Ologá, ante la compleja situación no tanto
metereológica sino por la condición social y cultural de sus habitantes. Conocí la realidad de
su gente, es un pueblo solidario, lo palpé en la cordialidad del señor Edis, del señor Chelo, los
dos lancheros quienes trasladan a los visitantes desde Puerto Concha hasta Ologá y el señor
Alirio “Macaón” quien recibe y atiende a los visitantes, bajo la pupila de Tami, el dueño del
palafito- hospedaje. Para los lancheros, “los niños no le temen a la tormenta; juegan bajo el
resplandor de los rayos como si fueran fuegos artificiales.”
Encontré mucho más que un fenómeno natural con sus atardeceres y amaneceres de ensueño;
conocí unos habitantes hospitalarios y unos niños a los que llamé desde el primer día: los
niños del agua, quienes curiosos y amables ofrecen cocadas y paseos en una curiara por un
dólar.( emprendedores y nadadores natos) viven en plena armonía con su naturaleza. Durante
su formación, los niños de Ologá fortalecerán el sentido de pertenencia hacia su hábitat para
asegurar su cuidado y defensa. Su conocimiento empírico sobre el clima y el comportamiento
del río es básico para cualquier estudio científico de la zona.
Hallé una población de apenas un puñado de familias, alrededor de cien personas y cerca de
25 palafitos habitados, sus vecinos cercanos son los del Congo Mirador que ha quedado
prácticamente desierto debido a la sedimentación. Contar con una escuela local permite que el
conocimiento no se extinga; asegura que los niños crezcan arraigados a su realidad,
formándose como parte integral de un paisaje e imaginario cultural que, de otro modo,
correría el riesgo de desaparecer con ellos.
En Ologá se observa carencia de servicios básicos, sin agua potable, sin electricidad, apenas
dos horas tomada de una planta, mujeres criando a sus hijos en condiciones rudas, migración
a otras zonas, maternidad prematura, salud precaria, un aislamiento geográfico que solo se
rompe con el ruido de un motor y una escuela que llevaba años destruida, más de diez años,
sin pupitres, sin techo y que acababa de ser reconstruida en el mes de julio de 2025 gracias a
la buena voluntad de un proyecto encabezado por José Luis Culebras, llamado “Una Escuela
para Ologá”, con el apoyo de su empresa MadnessPrint en Caracas y la colaboración oportuna
de Hernán Parra dueño de la empresa Catatumbo Light Tour, quien se encargó de toda la
logística y coordinar todo el trabajo en la zona.
Constatar la rehabilitación completa de la escuela de Ologá, fue un gozo: paredes y ventanas
nuevas, techo reparado, mobiliario fabricado y pintado, pizarras y unos niños alegres como
Jhon Kennedy quien expresó su emoción por el inicio de las clases. Crecer en un pueblo
palafítico moldea una infancia de otra manera , un escenario donde las fronteras que separan
el juego de las labores diarias y la naturaleza son casi imperceptibles.
Tuve la oportunidad de comunicarme con José Luis Culebras quien me explicó que todo
comenzó con una fotografía en 2023: “mi intención inicial era capturar el fenómeno del
Relámpago” él comprendió que esa fotografía que en principio fue a buscar, no era su
propósito, sino ver a los niños regresar a clases y “devolver la educación a los niños de
Ologá”: “ durante meses organizamos lo que parecía imposible: trasladar los materiales,
carpintería, mobiliario, pintura, herramientas y todo lo necesario hasta ese remoto rincón del
país. Cada pieza de madera, cada tornillo, cada pupitre, fueron el resultado del esfuerzo
conjunto de muchas personas que creyeron en ese sueño” comentó.
Por su parte Hérnan Parra, colaborador permanente de la comunidad, contactó a quien había
sido la maestra de la escuela que por falta de una vivienda y sueldo para pagar la lancha y
luego de seis años, se tuvo que regresar a Santa Bárbara del Zulia. Ya gracias a un donativo
anónimo Nataly tendrá una casa donde establecerse y permanecer en el pueblo de Ologá:
“Ya podemos decir que la maestra o la escuela tiene una casa para la maestra” aseveró.
Nataly Sánchez, me relató que la escuela quedó abandonada por falta de recursos y deterioro
e inclusive una familia la había tomado como vivienda y que cuando Hernán Parra estableció
comunicación le dijo que contara con ella. Ahora y gracias a la gestión de Hernán tendrá
vivienda propia para iniciar su acto de fé y labor con sus estudiantes, afirmó: “Es una labor de
sacrificio, todo es alejado, es una expedición trabajar allá, yo decidí más que todo apoyar esa
comunidad, porque ví la necesidad. Los niños tenían que tener educación.Yo vengo del
Congo, y sé lo que es vivir así en un pueblo sin tener educación, sin tener nada, yo sé lo que
es eso y por eso acepté, por ayudar a esos niños”. Son 20 estudiantes matriculados, un
apostolado:” ha sido una experiencia bonita, son lindos, la mayoría son de color blanco, con
sus ojos de colores muy diferentes pero bellos” comentó Nataly
